Utilidad del Testamento Vital o Voluntad Vital Anticipada

El Testamento Vital o Voluntad Vital Anticipada (VVA) surgió en USA en 1976 para permitir la autonomía de los pacientes en aquellas situaciones en las que no pueden tomar sus decisiones sanitarias por ellos mismos. Además de contribuir a garantizar los derechos de los pacientes, son una ayuda para los profesionales sanitarios, quienes en ocasiones han de tomar decisiones sobre los pacientes en situaciones muy complejas. En la legislación española se incluyó el Testamento Vital en la Ley 41/2002 de Autonomía del Paciente, y se desarrolló con el Decreto 124/2007. Hay además una amplia legislación autonómica.

La prevalencia en la población de VVA registradas crece de una forma importante, animada especialmente por el tratamiento mediático de los aspectos éticos relacionados con el final de la vida; ello hace suponer que un buen número de enfermos, sus personas próximas o profesionales sanitarios confían en el valor de estos documentos. Los estudios realizados hace más de una década crearon dudas acerca de la utilidad de las VVA al haber poca relación entre los deseos expresados por los pacientes, las situaciones de hecho que se pueden producir años después y las decisiones sanitarias tomadas. Estudios más recientes han mostrado la influencia de tener una VVA en cuanto al cumplimiento de los deseos expresados sobre lugar del fallecimiento o los tratamientos recibidos. El Informe al Congreso sobre las VVA en USA y la revisión de la literatura en que se basó, expresaban igualmente cierta incertidumbre.

Para tratar de dar respuesta a estas dudas, se ha realizado un estudio sobre una cohorte de norteamericanos de 60 años y más. Se han estudiado los fallecidos entre el año 2000 y 2006 de esta cohorte. La información fué obtenida encuestando a las personas próximas a los fallecidos en un plazo de dos años posterior al fallecimiento.

La información correspondía a 4246 fallecidos, cuya edad media al fallecimiento fué de 80 años.  Sobre el 42% de estos (1536 fallecidos) hubo que tomar decisiones acerca del tratamiento en los últimos días de vida, pero el 70% de ellos no tenía capacidad para tomar estas decisiones (999 fallecidos). De estos últimos, el 66% tenían hecha la VVA o había designado a un representante.

El 89% de las personas próximas a los fallecidos con VVA con cuyo contenido hubo que tomar decisiones, informaron que lo expresado en las VVA era aplicable para la mayoría de las decisiones; el 13% comunicó problemas para el seguimiento del cumplimiento de las VVA.

El artículo concluye que la atención recibida por las personas que tienen VVA es acorde con el contenido de la misma y por tanto es preciso apoyar el uso de las VVA.

Me ha resultado especialmente interesante la información acerca del porcentaje de situaciones en los que hay que tomar decisiones y que el paciente no puede expresarlas. Estas son precisamente aquellas en las que las VVA podrían ser de ayuda.

El trabajo supone una aportación importante sobre la utilidad de la VVA si bien tenemos que tener en cuenta la limitación que pudiera presentar la carga emocional y sesgos de recuerdo de los informantes u otras limitaciones como el que el contenido de la VVA aporte luz a la decisión sobre situaciones clínicas no contempladas previamente o el cambio de opinión desde que se hace la VVA hasta que es preciso aplicarla.

Otro trabajo reciente muestra el efecto positivo de las actividades de mejora en un ámbito territorial limitado sobre la prevalencia, claridad y especificidad de las VVA.

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